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Prólogo a la Primera Edición (1930)

Ver Prólogo 18ª Edición (actual)  

Los farmacólogos y los clínicos de todos los países no dejan de lamentarse de la deficiente preparación de los
alumnos y de los médicos en el campo de la Terapéutica. El hecho es cierto y son varios los motivos que lo explican, siendo los dos más importantes las dificultades de su aprendizaje y los defectos de la enseñanza.

Las dificultades que supone el estudio de la Terapéutica dependen de la complejidad de la misma y de la preparación que requiere. Basta sólo recordar que en Terapéutica se estudian los agentes físicos, los climas, los medios psíquicos, los regímenes alimenticios, etc., y, sobre todo, la Terapéutica farmacológica, la más extensa y todavía la más importante de todas, para darse cuenta de la cantidad de conocimientos de física, química, historia natural y sobre todo de fisiología y de clínica médica que se necesitan, que no siempre concurren en el estudiante ni en el médico.

Por otra parte, la enseñanza de la Terapéutica tiene deficiencias, unas comunes a otras asignaturas (excesivo número de alumnos, escaso personal, falta de medios, etc.) y otras que le son específicas y que tratan de corregirse en nuestro país. En efecto, hasta ahora se viene estudiando la Terapéutica en un momento en el que los alumnos no tienen ninguna preparación clínica y, por tanto, no es posible que se den cuenta de las indicaciones de los remedios para enfermedades de las que no conocen ni su nombre. Asimismo, la Terapéutica se estudiaba en un solo curso. En el nuevo plan, por ello hemos trabajado y por fin se ha conseguido, habrá dos cursos de Terapéutica. Uno dedicado a los remedios, sus propiedades y su acción en el organismo: estudio que debe ir inmediatamente después de la Fisiología para que ésta le sirva de base, y, a su vez, la Farmacología experimental constituya un complemento y una ampliación de la misma Fisiología. Finalmente, en el último curso, cuando ya los estudiantes tengan conocimientos de Farmacología y de Clínica médica, se estudiará la Clínica terapéutica, que, naturalmente, será una Clínica médica más, puesto que sin un buen diagnóstico no se puede hacer un tratamiento acertado, pero en esta Clínica se debe discutir, razonar y detallar todo cuanto se relacione con el plan que se aconseje a cada enfermo. Se dirá que en las Clínicas médicas se estudian también las indicaciones de los remedios, pero, sin que esto constituya una crítica para los profesores de clínica, la verdad es que tratan con gran minucia todo cuanto se relaciona con la etiología, la patogenia e incluso la anatomía patológica de las enfermedades; llegan en el arte del diagnóstico a los detalles más pequeños, sin descuidar los métodos de exploración más recientemente descubiertos; hacen también consideraciones respecto al pronóstico, pero, salvando algunas excepciones, cuando se enfrentan al tratamiento suelen limitarse a decir «a este enfermo alimentación lactovegetariana o rica en albuminoides, digital, yoduros, codeína, un hipnótico», dejando al interno recién llegado que prescriba una fórmula, que ya suele ser tradicional en cada Clínica y que pronto aprende todo el personal adscrito a la misma.

Creemos que el momento de aconsejar un tratamiento es, por lo menos, tan importante como aquel en el que se busca un diagnóstico y, si en éste se plantean todas las posibilidades de confusión y se recurre a todos los medios para llegar al conocimiento exacto de la enfermedad, de igual forma deben discutirse y resolverse cuantos problemas plantee el empleo de los remedios.

Ha contribuido también a este abandono de la Terapéutica el que, durante muchos años, ha sido bien visto entre los médicos negar la utilidad de la mayoría de los remedios, lo que era siempre más cómodo que estudiarlos. No es que sintamos un optimismo exagerado, pero creemos que se puede hacer, por el alivio de nuestros pacientes, más de lo que muchos creen y, sobre todo, que nuestro esfuerzo debe orientarse en esta dirección.

El Dr. Velázquez, joven Catedrático de Terapéutica de la Universidad de Zaragoza, ha vivido a nuestro lado todas las dificultades con que nos hemos tropezado en la enseñanza, siendo una de ellas la de no encontrar un libro en el que junto al del estudio farmacológico de los remedios se expusieran las indicaciones de los mismos.

Existen libros excelentes de Farmacología experimental y algunos muy válidos de Terapéutica clínica, pero si creemos que deben estudiarse por separado estas dos disciplinas, también estamos convencidos de la necesidad que tienen el médico y el estudiante, cuando llegan a los últimos años, de tener un libro en el que se estudie el medicamento completo, para que, en el momento de plantearse el problema de su indicación, tengan presente todo cuanto se refiere a sus propiedades físicas o químicas, su acción en el organismo, sus peligros, sus indicaciones, sus contraindicaciones y la manera de emplearlo.

El Profesor Velázquez, con quien nos une una entrañable amistad, estuvo a nuestro lado casi desde su entrada en la Facultad de Medicina. Terminada la carrera, por propia iniciativa y siguiendo nuestro consejo, trabajó en el extranjero, perfeccionando y ampliando sus conocimientos, pero en este caso, como en otros, él ha sido su propio maestro. Hasta en los tiempos en los que la suerte le llevó a ejercer la profesión en un pueblo, no abandonó su labor investigadora, viéndose coronado su esfuerzo con la designación para la Cátedra que hoy con tanta competencia regenta.

Con un gran dominio de las técnicas farmacológicas, sin haber abandonado los estudios clínicos, y poseyendo una documentación bibliográfica envidiable, ha emprendido la publicación de este libro, que no será su obra definitiva, pero que puede asegurarse es el más completo y el más modernizado de todos cuantos hoy tenemos.

No se trata de una mera recopilación, lo que ya sería importante y útil en estos tiempos, en los que la bibliografía es enorme y se encuentra dispersa en diversos idiomas, sino, que constantemente el libro se ve salpicado por numerosas observaciones y experimentos originales, de lo que son buena prueba las gráficas y cuadros que ilustran sus diversos capítulos.

La difusión que ha de alcanzar esta obra en nuestro país espero que no sirva para inmovilizar a su autor, sino que sea un estímulo para seguir trabajando, perfeccionándose constantemente a sí mismo.

TEÓFILO HERNANDO
Madrid, mayo de 1930